En 2018, tras años trabajando en diseño de producto industrial, Javier decidió que quería volver a crear cosas con las manos. No como hobby de fin de semana, sino como oficio real.
Pasó seis meses aprendiendo técnicas tradicionales de cestería con artesanos en Cuenca y Albacete. Descubrió que el conocimiento estaba disperso, en vías de desaparecer, y que casi nadie lo aplicaba a contextos contemporáneos.
La pregunta era simple: ¿se puede construir un proyecto sostenible rescatando técnicas ancestrales sin caer en el folclorismo o la nostalgia?
Cada encargo se teje desde cero. No usamos moldes estandarizados ni replicamos diseños exactos. Dos piezas del mismo tipo nunca son idénticas.
Trabajamos con proveedores de mimbre de ribera en Castilla y junco mediterráneo de la costa levantina. Conocemos el origen de cada fibra.
No aceleramos procesos de secado ni usamos tratamientos químicos que comprometan la durabilidad a largo plazo del material.
Una pieza debe funcionar en el espacio para el que se crea. La estética surge de la estructura, no al revés.
Somos un colectivo de cinco artesanos con formación en diseño, arquitectura y artes aplicadas. Cada uno domina técnicas específicas de tejido y se especializa en tipos de pieza distintos.
Trabajamos en un taller compartido en las afueras de Valencia, donde también impartimos talleres de formación para personas que quieren aprender el oficio.
No seguimos jerarquías tradicionales. Cada proyecto se asigna según especialización técnica, no por antigüedad o rango.
Comenzamos con una conversación sobre el espacio y su uso. Necesitamos entender cómo se habita, qué luz recibe, qué otros elementos ya están presentes.
Luego hacemos bocetos estructurales y proponemos tipos de fibra según las condiciones ambientales del lugar.
El tejido lleva entre una semana y un mes dependiendo del tamaño y complejidad. No establecemos plazos rígidos porque el material marca sus propios tiempos.
La instalación final la hacemos nosotros. Queremos ver cómo funciona la pieza en su contexto real.